sábado, 11 de marzo de 2017

Mi superlativo

A veces los recuerdos no son suficientes. A veces
no matan, pero tampoco te vuelven fuerte.

A veces quisiera una mente blanca,
como el mar en que te espero y si quieres,
de rodillas en el suelo.

Sin entiender las preguntas encontré  las respuestas. Las
encontré a tiempo para morir entre el perdón  y la demencia.

A veces me pierdo; hoy te escurres en mis manos sin que
pueda detenerte en este juego de tronos, entre comida picante,
entre miradas y polvo.

Hasta siempre y... no dejes de brillar.

"Los buenos recuerdos se caen por las escaleras".




martes, 1 de noviembre de 2016

Gracias...

Que quede claro que no siento ganas de extrañarte,
que mi esperanza enmudeció con tu silencio,
que al sol me abrazaría si pudiera de nuevo verte.

Buen tabaco, buen café y un disco de boleros.
Acetatos del recuerdo que dejaste entre canciones,
en la "bicla", en un árbol de guamuchil, en una paloma oxidada.

Y después de tantos años, recuerdo el sabor de tu trabajo,
resumido en dos taquitos que viajaban en lonchera,
con sazones de una abuela desvelada.

Debo confesarte que no suena tu teclado y tu acordeón no tiene tono
y con tu armónica en el cielo me ayudarás a correr la tinta,
porque valor me hace falta para encararme a tu sonido.

Una tarde, un buen consejo, mi guitarra y tu presencia;
yo te apostaría el mundo si éste me perteneciera,
pero aquí sólo hay recuerdos y unos ojos que se ahogan.

Ni albañil, ni plomero, ni músico, ni eléctrico.
Que mataría tus talentos por ver tus ojos abiertos,
por presenciar tus enojos y tu conteo con dedos.

Te fuiste así, sin despedirte, con temores a lo incierto.
Para cuando quise verte tu corazón latía lento,
tan lento como aleteo de las piedras.

Igual que en el último día, te pido que no me olvides,
que para siempre me recuerdes en donde estés,
que mientras la espera dure, te cantaré hasta en mis silencios.

Gracias por la chingüiringüi, por mis tíos, por conocer a mi abuela,
por heredarme hermanos, por recibir a mi padre, por regalarme primos,
por entregarte de lleno en esta tierra de duelo...

Hasta siempre, viejo...

Vuelve un solo día y a cambio daré mis manos...



jueves, 7 de enero de 2016

Entre carreteras

No es solo la nostalgia de un despido;
tampoco es una lágrima o sonrisa convaleciente.
No son únicamente los nervios por la aventura de lo incierto.
Detrás... detrás escurren ganas de olvidarse de todo.

Decisiones indecisas, equipaje innecesario,
atrapado entre fronteras, libre en tu canción.
Luz, tequila y tinta, sustituyen tu presencia,
porque extrañarte es tan humano como mi demencia.

Espero, muero y renazco en ti,
entre paradigmas absurdos desbancados por tus ojos.
Yo no sé si volveré pero quiero que regreses.
Ven, estoy aquí, entre carreteras cosechando sentimientos.


Puedo perder mis ojos pero no mis manos. 
Con mis ojos veo el mundo pero con ellas lo siento.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Sus ojos

Quisiera regalarte en un instante los temores que envuelven las distancias,
las miradas ajenas y el tornasol de la tarde en que no estuve contigo.

Porque cuando estás ausente se me acaba la experiencia,
se difuminan mis pasos, no hay luz, no hay vida, no hay muerte
y el recuerdo de tus ojos me alimenta si mis lágrimas mi alma deshidratan.

Tú callada, tú anhelada, tú distante y tan cerca en el reflejo.
Yo aquí firme y esperando tu regreso;
aquí firme y esperando nuestro encuentro.

sábado, 24 de agosto de 2013

Crónica pendiente

Aquella noche parecía rutinaria; el trabajo volvía a motorizar la historia. Pero el aire se sentía diferente, sabía que al caminar, mis manos no se esconderían en mis bolsillos porque sus manos asaltarían la mías.

Apenas cupimos en el auto, entre cables, guitarras, micrófonos y anhelos. Ella firme. A pesar de su estatura, trataba de ajustarse al espacio. El camino era corto y la emoción lo volvió travesía. Y llegamos.

- "Al parecer, es aquí", repliqué.
- "¿Y ya llegarían los demás?, dijo ella.

Había que averiguar la respuesta a su pregunta. Bajamos del auto. Al hacerlo, quedó confirmada la soledad de mis bolsillos y por si fuera poco, el calor de nuestras manos. Por fuera, el lugar era bonito. Una pared grande, color crema, con luces tenues y cálidas que salían desde el suelo. La noche ponía el plus.

Hasta entonces, yo no me había percatado de la importancia de aquella noche. Entramos al salón de eventos, ella a una mesa, yo al inminente enchufe de guitarras junto a mis cómplices taciturnos: Julio y Mingo.

El lugar estaba repleto de rostros que me costaba trabajo recordar. Para ella, eran sólo un cúmulo de total desconocidos y ahí permaneció, entre todos, sentada, controlando su sonrisa por la fuerza y no por sentimientos, con los nervios estragando su cabeza.

Desde el escenario la observé y lo noté todo. Ella estaba ahí por mi, por cumplir, como un buen hombro en donde apoyarse y yo muriendo por atenderlo. Ella volteó firme la mirada y me dijo; "lo harás excelente, tienes mi apoyo y estoy aquí para ti y por ti". Lo curioso es que sus labios estaban inmóviles.

El claro de sus ojos es hermoso.

Y el momento se rompió a la voz de Julio:

- "¿Qué show, listos?", apuró.
- "Listo", respondió Mingo,
- "A darle, morros", cerré.

Una, dos, tres canciones. Seguíamos ajustando el audio, lidiando con las fallas técnicas que siempre son invitadas por la señora "Falta viuda de Presupuesto". La gente seguía bebiendo, arrugando sus párpados entre carcajada y carcajada.

Ella seguía firme, sonriendo, contra corriente, entre desconocidos.

Las guitarras seguían abrazando historias. Para entonces, ya era hora de desahogar mis ojos y rodó una lágrima, una lágrima de fe que corrió al verla a ella, tan pequeña, tan fuerte y tan mía. En ese momento, cerré mis ojos, escuché la canción que yo mismo interpretaba y comprendí que las caídas duelen y alcanzan a matar, si no, tus pies se vuelven fuertes.

Y nuestra historia no alcanzó a morir.

El trabajo terminó y corrí hacia su mesa, pero hubo interrupciones que decían "muy bien, muchachos, felicidades". Había qué agradecer. Por fin llegué a su lugar y al tocarla, volví a enamorarme. Mi entusiasmo aletargaba las palabras pero ella entendió todo. Terminé sin decir nada, solamente: "es momento de marcharnos".

Lo demás, es cosa del destino...

César Baro


domingo, 17 de marzo de 2013

En memoria al temor...

Es dura la intermitencia de sus ojos cuando miran a los míos.
Es dura porque es fría o cálida o inexistente. Es dura. 
Es frágil como su cabello rizado, que tal delicadeza no le quita dureza.
Es frágil como la sal que da sabor a mis pupilas. 

Estoy perdido, lo sé. Ella confusa y lloré. 
Después de vivirla, después de tocarla y una vez más estropearla, canté. 
Tú no me escuchas, yo no te oigo y nadie nos ve. 
Después de todo, habrá golondrinas que amarren mis pies.

Dos caminos: ninguno elegido, en memoria al temor.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El guión del universo

Porque la más fiera soledad pierde contra un beso...
Todo quisiera, como hasta ese momento que fuera y nada puede ya...